La viuda que se hizo prostituta para “salvar” a su familia

Ouma suspira y asiente. Mira siempre a los ojos. Tira el chicle y saca un cigarrillo. Pide fuego. Sonríe. Acepta contar su historia a cambio de bautizarla con el nombre de su gata. Y de no escribir un relato lacrimógeno. «No quiero que nadie sienta pena por mí. Estoy cansada de eso. Todo lo que hago es porque quiero. He tenido ocasión de salir de este mundo y me he dado cuenta de que no me compensa».

Medianoche. Melilla. La lluvia se aproxima desde el oeste. En el parque frente al Palacio de la Asamblea, sentada en uno de los bancos esperando a que un cliente la venga a buscar, Ouma se whatsappea con su hermana. Le pregunta que si sus hijos ya están durmiendo. «Mi familia se piensa que cruzo todas las tardes a Melilla para cuidar a un anciano. Y que me quedo a su cargo hasta por la mañana. O, por lo menos, es lo que quieren creer. Aunque, muy en el fondo, creo que saben la verdad. ¿Te imaginas que vergüenza para mi padre? ¿Lo qué le dirían los vecinos y amigos? No podría salir de casa. El Marruecos pobre no perdona». Ouma pide soledad. Su cita de pago se acerca. Pero antes pregunta, algo inquieta, qué es lo que se va a contar de ella.

P.-La historia de una niña marroquí de 14 años casada en un matrimonio forzoso. La de una joven que se queda viuda a los 21. La de una mujer que cruza a diario a España para prostituirse. Y que después vuelve a su país, se quita los vaqueros, la camiseta ajustada, y se pone la chilaba y el hiyab… y que hace todo eso para mantener a sus dos hijos de 10 y 11 años.

R.- Y a mi padre y a mis cuatro hermanas. Ellas estarían en la calle y he conseguido que estudien. Pero no quiero hablar de mi familia. No estoy orgullosa de lo que hago, pero tampoco me arrepiento.

P.- También has trabajado de camarera y limpiando oficinas.

R.- Sí, por 400 euros. Y llevando mantas a Marruecos (porteadora) por menos de nada. Con esto hay meses que me saco 2.000 euros.

P.- ¿Qué tal el verano?

R.- He estado en Saidia (localidad al nordeste de Marruecos, llamada la «Perla Azul» o el «Caribe marroquí», que se ha convertido en el nuevo peregrinaje de lujo dentro del reino alauí). Ahora van a veranear allí todos los ricos. Y hay mucho trabajo. Con lo que me he sacado puedo vivir unos meses tranquila.

Ouma tiene 28 años. Aunque aparenta muchos menos. Su vida de día está en suelo marroquí, en Selouane, una pequeña aldea a 23 kilómetros del paso fronterizo de Beni Enzar. Su marido murió hace siete años por una infección en los pies. Su madre lo hizo un año después de una pulmonía. «Entonces yo era joven y no sabía cómo funcionaban las cosas. Hoy nunca hubiera permitido que murieran por cosas que se curan con dineroen Marruecos y con permisos en España», asegura Ouma.

En las fronteras sur de Europa (Ceuta y Melilla), hay miles de mujeres, la mayoría invisibles a ojos de las administraciones y de sus leyes, que hacen a diario un viaje de ida y vuelta desde Marruecos. Más allá de las porteadoras que cargan 60 kilos de bultos a sus espaldas y de las muchachas (como se conoce a las empleadas domésticas marroquíes), el otro rostro femenino lo protagonizan las prostitutas transfronterizas.

Aquí entra el perfil de Ouma: mujer marroquí que cruza a diario de la región de Nador a Melilla para prostituirse. Contamos su historia justo en el momento que el debate de la prostitución está en el candelero: primero con la creación del sindicato de prostitutas que pasó por encima de la ministra Magdalena Valerio y que provocó la dimisión de directora general de Trabajo, Concepción Pascual. Y ahora con la postura del ejecutivo de Pedro Sánchez que pretende, inspirados en el modelo abolicionista sueco, perseguir a los clientes para proteger a las víctimas de trata y explotación sexual. Aunque algunas mujeres como Ouma insisten en que lo que hacen es por su propia voluntad. Y temen que se persiga a sus clientes. «La desgracia me ha empujado a llevar esta vida. Pero yo lo he elegido y con mi cuerpo hago lo que quiero», afirma la marroquí.

El año pasado, la ONG Melilla Acoge, publicó un informe en el que hablaba de que había alrededor de 1.000 mujeres ejerciendo la prostitución en las calles, en locales y en casas. La mayoría de estas mujeres que atiende el colectivo pasan el día en el barrio del Real, algo que no hace gracia a los vecinos. Otras se reparten por turnos, de día y de noche, por las calles del centro de la ciudad. Y luego están las más jóvenes, que muchas cruzan a Melilla únicamente si el cliente las ha contactado por teléfono previamente.

«Llevamos trabajando con estas mujeres desde el año 2006, cuando creamos el centro COPIEM (Centro de Orientación, Prevención e Información de Enfermedades Emergentes) donde pueden acudir a realizar cualquier tipo de consulta relacionada con el VIH y demás enfermedades de transmisión sexual. También les damos clases de lengua, cultura española, actividades formativas y atención psicológica. En estos años hemos trabajado con unas 900 mujeres», explica Isabel Torrente, coordinadora de programas de Melilla Acoge. Actualmente prestan atención personalizada a 200 marroquíes. «Al contrario de lo que ocurría hace unos años, que muchas de ellas vivían en la ciudad, a día de hoy la mayoría son divorciadas que viven en Marruecos y pasan a trabajar a Melilla», sentencia Isabel.

«He conocido a muchas de estas mujeres que han conseguido hasta los visados para ir a la Península. Han ido hasta Málaga o Barcelona, pero luego siempre acababan volviendo porque decían que allí todas tienen a sus chulos que las explotan y que tienen que ir semidesnudas. Aquí están más seguras», explica el dueño de uno de los hostales donde estas mujeres tienen a diario relaciones sexuales con sus clientes. De los 30 euros que cobran de media por el servicio, cinco van para el «alquiler por hora» de una habitación en el hostal. «Antes de la crisis ninguna cobraba menos de 40 euros por servicio. Hoy las hay que por 10 euros se van con cualquiera en el coche. Aun así, siempre que hablo con ellas me cuentan que no lo van a dejar porque ganan más dinero que si estuvieran de camareras. Aunque no conozco a ninguna que haya contado a su familia a que se dedica realmente. Sería una vergüenza para ellos».

El regente del hostal dice que en Melilla no hay proxenetas que exploten a estas mujeres. Ouma, la prostituta viuda, también lo niega. «Trabajamos por nuestra cuenta. No debemos dinero a nadie», sentencia. Aunque no es del todo cierto lo que dice.

A principios de febrero, la Guardia Civil desarticuló una red que prostituía a mujeres marroquíes, algunas menores de edad, a las que tenían «en régimen de semiesclavitud» en dos pisos que usaban como locales de alterne. Cuatro personas fueron detenidas. Reclutaban a las mujeres en las aldeas rurales del norte de Marruecos y las engañaban con la promesa de un trabajo en Melilla. Un mes antes, en la ciudad colindante de Nador, la policía marroquí también desarticuló otra red que introducía a mujeres en la ciudad autónoma para explotarlas sexualmente. Todos los años, tanto la policía española como la marroquí, llevan acabo alguna operación contra la trata de estas mujeres.

Sobre las 10:00 de la mañana, como de costumbre, Ouma llama a su taxista de confianza para que la deje en la frontera. Cruzará a Marruecos y se reunirá con su familia. Al día siguiente todo seguirá igual. Es la vida de una prostituta transfronteriza.

EM

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